jueves, 19 de febrero de 2009

Elixir Eterno

Somos una simple palabra, simples nombres que guardan una vida tradicional en quienes nos dieron un principio en base a sus orígenes, aunque no sabemos aún cual es esa palabra. Lo que si sabemos, es que jamás fuimos la típica pareja urbana que actualiza sus comportamientos en base al modo que presentan aquellos gigantes de la comunicación; es más, directamente vivimos en el campo, para no recibir influencias tan directas de quienes ni siquiera conocemos, y de quien ni siquiera nos conoce. De esta forma, conservamos aquellas tradiciones y costumbres que nos transmitieron desde pequeños nuestros padres, siendo muy diferentes a las de la sociedad actual, contaminada por diversos espacios de todo el planeta.

Pero yo no estaría en aquella casa acogedora, disfrutando el sonido especial de los cardenales en las mañanas y el de las calandrias en las tardes, sino fuera por aquella mujer que conquistó mi alma, mi espíritu, mi mundo entero. Aún conservaba su extraordinaria silueta, aquella belleza tan particular proveniente de su madre, con los rasgos italianos aún intactos, floreciendo desde sus ojos la plena felicidad; y debo decir que esta belleza que poseía, tanto externa como interna, eran para mi como el flujo de viento fresco cuando se ha pasado toda una jornada de pesado calor, aquel sentido permanente y fugaz que me corría por las venas con tanto júbilo, predisposición y franqueza de la misma forma que ella conmigo. A veces pienso que fue algo demasiado casual nuestro encuentro, demasiada coincidencia en cuanto a gustos, placeres, motivaciones, e incluso angustias y preocupaciones; quizás también por eso podemos compartir con confianza lo que nos ocurre por la mente, sin sentimientos de culpa ni de vergüenza.

No estamos aislados en un universo distante, estamos tranquilos viviendo bien, sin agobios ni pesares en lo que permanece de nuestras vidas y nos induce a pensar que cada día nuestras almas se rejuvenecen, o por lo menos mantienen las energías incansables de aquella juventud. Además nos relacionamos sin problemas con otras personas que también viven en el campo, sea por la tranquilidad producida por el alejamiento de lo urbano, o por la simple razón comercial que obliga su estadía para poder producir sin inquietudes de pérdidas; aunque en fin, de a poco todos nos acostumbramos a una forma de vida.

Así como vivimos muy bien emocionalmente, tenemos ciertas tierras que nos permiten estabilizarnos en un punto medio, visto económicamente entre bajo, medio y alto; lo cual nos permite adquirir ciertos animales para la granja, los alimentos, como así también comprar las semillas para las siembras de cada etapa del año. Aún así, no nos podemos permitir aún el lujo de trabajar con tractores y maquinarias que nos podrían resolver gran parte del tiempo, pero que aunque siempre nombramos como posibles adquisiciones futuras, tampoco nos desesperan. Tenemos tan solo algunas hectáreas, y muy pocas las dedicamos al cultivo.

Tanto mi mujer como yo nos propusimos desde el principio aquellas tierras producto del trabajo de nuestros antecesores familiares, tratando de sacarle el mayor provecho posible, sea con animales o con los mismos cultivos. Generalmente utilizábamos los residuos orgánicos de estos animales para abonar la tierra, lo que nos ahorraba mucho dinero en fertilizantes, aunque a veces resultaba contra restante en cuanto al tiempo; pero si analizamos las veces que sembrábamos por año, se notaría fácilmente que estamos hablando de unas tres o cuatro veces, lo que además de no ser siempre las mismas plantaciones permiten que la tierra trabaje sin problemas, sin cansarse. Los pastos naturales que crecían les ofrecían además una alimentación sana y equilibrada.

Los productos que obteníamos eran básicamente para nuestro propio consumo aunque los disponíamos en numerosas ocasiones para ser rentados en caso de que nos viéramos en la necesidad, principalmente en el caso de los animales, porque en épocas reproductivas aumentaba el número y por escasez de tiempo, espacio y costos monetarios no podíamos atenderlos a todos; aunque a pesar de esto habíamos destinado gran parte de la lana que provenía de las ovejas para cubrir estos gastos alimenticios y cuidados mínimos de salud, de manera de no correr el riesgo de perder animales teniendo la posibilidad de estos beneficios actuales.

De todas maneras estas ganancias realmente eran merecidas, pues trabajábamos de sol a sol para ganarnos el pan de nuestras vidas, aunque siempre disfrutando de cada avance y aprovechando de aquel tiempo que nos hacíamos para disfrutarlo. En estos momentos libres, yo solo me recostaba en mi hamaca y observaba la naturaleza, feliz de estar cumpliendo con el objetivo de mi vida, y aunque yo no lo notaba, mi esposa siempre decía que en esos momentos yo sonreía; luego me quedaba profundamente dormido. En cambio mi esposa, que no desaprovechaba ni un momento, en esos ratos hilaba la otra parte de la lana, cosa que le producía un enorme placer sentimental, ya que le recordaba cuando su madre le enseño por primera vez esta técnica. Si bien requería de una gran concentración y una habilidad manual importante, sus manos suaves condecoraban la prolijidad de sus hilos, que luego utilizaba para tejer muchas de las vestimentas que usábamos en invierno con sus respectivos colores naturales; amaba las ovejas y sus lanas como a su propio nombre, y le producía un gran orgullo ver sus trabajos terminados en nuestros cuerpos. A mi me invitaba cortésmente a acceder a esa vanidad femenina que aportaba mi esposa en todo momento.

Habíamos dejado de ir a la iglesia, porque nos juzgaban por nuestras ropas y formas de ser; siempre en silencio y disimulando sus lenguas venenosas para no morderse ellos mismos; pero cuando estaban frente a nosotros sonreían como si nos conocieran de toda la vida. Se devoraban entre los comentarios más horribles acerca de personas ajenas a sus entornos familiares, por lo que no sucedía solo con nosotros, al que le decían algo del otro, seguro que después sería comentario en su propia familia; la falsedad era abundante, como las lluvias. Supongo que fue la causa principal de nuestro alejamiento repentino de la sociedad, en busca, no de lo “antisocial” como lograron conducir con sus cuerdas vocales entre festejos burlones, sino sencillamente de objetivos que nos llevaran a una real tranquilidad. Gracias a Dios éramos con mi mujer el tal para cual.

Los libros que leíamos como pasatiempo en ciertas ocasiones de lluvia o malestar climático, no eran específicamente novelas y cuentos, sino más bien libros de enseñanza hacia ciertos labores del campo que la hermana de mi esposa, que en paz descanse, nos había podido conseguir para resolver ciertas inquietudes de mejoramientos, producto del estudio científico en estos aspectos. Claro no eran quizás los mejores escritos, pero nos enseñaban bastante.

Nuestros propios familiares, de ambos bandos, se fueron dividiendo entre ellos mismos seducidos por el poder beneficiario de algunos, o más tristemente por la situación irreversible de encontrarse en el momento de tener que partir al otro mundo, lo cual no era nada inusual en años anteriores. Tampoco teníamos hijos, pues si bien en el trabajo del campo hubieran sido muy útiles para aumentar las posibilidades de crecimiento, muchas de las cosas que hacíamos era manualmente y tanto yo como mi mujer habíamos pasado por eso: ningún niño entiende la razón del trabajo, y es tan difícil de entender que muchos los someten sin saber que cuando ellos estaban en su lugar, no podían soportarlo. Tal vez continúan muchos con ese método por pensar que ellos lo superaron, entonces sus hijos deben actuar como tal. No, no era el momento adecuado para tener hijos. Además aún teníamos tiempo, yo siempre quise que ellos estudien y así manejar más inteligentemente las tierras que les dejáramos, si es que el campo les interesase, pues no tenía ningún motivo para privarlos de su libertad educativa, tan solo hacerles notar las diferencias entre tenerla y no tenerla. Yo, por ejemplo, hice la primaria y unos años de la secundaria, al igual que mi esposa; pues en aquellos momentos el estudio según nuestros padres, era pérdida de tiempo en el campo, así que estudiábamos y trabajábamos al mismo tiempo.

En cuanto a nosotros como pareja matrimonial, nos alimentábamos bien, porque nosotros éramos los que cocinábamos los alimentos, o más bien, era mi mujer la dichosa de esas grandes virtudes de cocina, vaya que siempre cocinaba variado: carnes, verduras y ensaladas, y claro que nunca faltaba el tradicional plato de puchero como entrada, tanto en el almuerzo como en la cena. También comprábamos algunas hierbas medicinales que no podíamos tener en nuestra casa por ser de difícil acceso, aunque de gran utilidad. Mi abuelo siempre decía “No las olvides, porque en caso de emergencia te pueden ser de gran utilidad”. El siempre argumentaba que aunque el poder curativo de estos yuyos era muy grande, a veces hacía falta una implementación de inteligencia en lo que se hacía; según su teoría cuando alguien enfermaba no bastaba solo con una infusión de la hierba necesaria, sino que además de lo que realmente la podría hacer reconstruir sus órganos funcionales, la propia alegría de un gusto. Por eso, cuando alguno de nosotros nos daba la gripe o teníamos un dolor de estómago, el se aparecía con su eterna alegría a reconfortarnos con lo que a nosotros nos gustaba, como sus lindos cuentos. Y la verdad es que realmente sanábamos sin siquiera sentir los dolores.

Pero esta vez, le tocó a mi esposa. Ella se enfermó, como nosotros de niño. No sonreía y le dolía mucho la cabeza. En realidad ella no podía expresarme claramente sus dolores, pues notaba que además se tocaba el estómago, como si tuviera hinchazón. La alimenté varios días con una dieta basada únicamente en verduras y frutas, e incluso le hablaba de nuestros cultivos, de las ovejas que tanto le gustaban, pero eso no mejoró las cosas, todos sus sentidos estaban congelados excepto los que sentían dolor. También intenté por separado con algunas hierbas medicinales pero me encontraba ante la misma respuesta del principio, o quizás peor pues mi esposa comía cada vez menos. Decidí llevarla al pueblo, aún bajo el disgusto que me provocaba cruzarme con aquellas gentes: era mi esposa, el amor que juré proteger hasta la muerte, sea lo que fuese aquello a lo que me enfrentara.

Debía atravesar aquella barrera nuevamente y esperar, y como siempre, los dedos despectivos que nos señalarían ni bien entremos por la primer calle. Aunque sabía que a veces en el fondo me dolían sus actitudes, ya era lo suficientemente maduro como para darme cuenta de que solo eran números inescrupulosos con un poder que ellos mismos se habían dado, razón con la que justificaron siempre sus actitudes cuando alguien les cuestionó. En el fondo de sus almas se esconden desde siempre estas suciedades, que tarde o temprano, absolverán ante el poder que demanda Cristo rezando por sus vidas, siendo incluso inútil confesar por saber hasta ellos mismos que volverán a cometer los mismos pecadas, aunque bajo el concepto de que pueden absolverse nuevamente con el perdón de su Iglesia.

En el Centro de Atención Médica dejé a mi esposa en manos de un estudiado en el Cuerpo Humano, que seguramente entendería como resolver su problema para su recuperación. La instalaron en una sala, colocándole sueros y recetando ciertas inyecciones tras examinar su estado físico. El médico me indicó que la examinarían detenidamente para analizar el comportamiento de sus sistemas y así poder determinar su estado de salud.

Todo un largo mes estuvo mi esposa sedada y con pastillas en las venas, mientras que cada animal y cultivo desaparecía uno a uno para pagar los gastos médicos que curarían su enfermedad, como me indicaba el doctor. Pero atrozmente no mejoraba su salud, más por el contrario, empeoraba. Aquel médico que tanto me hablaba con palabras difíciles de recordar me terminó diciendo que se atenían a un problema sin solución, del cual solo se podía esperar una despedida, muy posiblemente sin uso de diálogo ni besos de recuerdo.

Ella había adelgazado, y se dormía más tiempo. Estaba siempre con sueño, agobiada, le faltaban energías ¿Qué haría sin su presencia? ¿Qué haría yo con su partida? No me importaba quedarme en quiebra, vendería hasta mi alma con tal de que hubiese alguien que la salvase, pues no me cabe la mínima duda de que ella hubiera hecho exactamente lo mismo, aunque seguramente mejor.

Arrimé una silla junto a nuestra cama y entrelacé mis dedos callosos, los froté hasta calentarlos. Ojeaba a mi mujer de vez en cuando sin encontrar causas, tan solo consecuencias imprevistas para ambos, incluso para su tierna belleza interna. Cerré los ojos apretándolos fuertemente e intenté pensar como lo haría mi propio padre, mi madre, los dos juntos. Traté de encontrar una solución como si el mundo exterior no existiera; el pueblo, la gente, los médicos ¿Qué se podía hacer?

Recordé entonces a mi abuelo, la gran figura amorosa que se representaba en todas sus formas, recordé lo de las hierbas y los gustos de cada uno que ayudaban a mejorar. Aunque intenté arduamente prometerme una respuesta, yo sabía que las hierbas digestivas no habían funcionado, quizás porque eran insuficientes y no era aquel simple dolor estomacal que había creído yo al principio: Depurativos de la sangre, del cuerpo, digestivos, purificadores de la memoria, calmantes. Tantas aplicaciones para el ser humano, y ningunas funcionaron en su cuerpo. ¿Qué cosa sería tan importante como salvar, con los gustos, la vida de mi esposa? Comencé a creer que ya no había razones para considerar una esperanza, así que busqué en el armario de nuestro dormitorio las lanas de mi mujer, quería que las sintiera al menos por última vez. Había de varios colores, y realmente conservaban la suavidad de la piel de mi esposa; metí mis narices en ella, y el olor a las ovejas me hizo recordar viejas imágenes, entre las que estaba mi abuelo, en una de ellas. Pero antes de pequeño no teníamos ovejas, fue una rara sensación que me contuve en cuestionarme demasiado, había algo más importante que hacer. Ella apenas estaba despierta, parecía no haber dormido toda la noche; le hablé con dulces palabras y le puse un ovillo de lana en sus manos. Apenas hubo contacto con sus finos y delicados dedos, ella abrió los ojos rápidamente como provista de una energía, pero los volvió a cerrar unos segundos después. Le quité las lanas y me fui hasta la cocina

Como aquellas chispas que surgieron en los comienzos del descubrimiento del fuego, una nueva idea brotó y se esparció por mi cerebro, le prepararía una infusión de hierbas medicinales, pero todas juntas, sin importar lo que decían sobre sus aplicaciones; al fin y al cabo no sabía a que calmantes atenerme para el dolor. Esperé que el agua de la olla hirviera, luego apagué el fuego que la calentaba y coloqué todas las hierbas que tenía en mi casa, y agregué, además, el ovillo de lanas, que estaba aún sin lavar.

Desperté a mi mujer suavemente y le insistí tranquilamente en que tomara aquel conjunto de extractos. Tomó, aunque con esfuerzos, una gran taza del mismo. Pasó el tiempo, creo que unos minutos; aunque no estoy seguro pues todo me mareaba de nervios en esos momentos.

Mi esposa terminó cerrando sus ojos, exhalando un raro suspiro. No abrió de nuevo los ojos, mientras yo esperaba una dulce palabra suya frente a mi oído, percibiéndose nada más que su voz en todo el entorno. Me arrodillé frente a la cama y lloré despiadadamente, como cuando era un niño y me privaban de jugar. Hacía mucho que no recordaba estar así, no recordaba la última vez que había llorado.

Más para mi sorpresa, mi esposa se levantó de la cama mirándome correspondida. Luego nos sumergimos en un cálido y fuerte abrazo, como aquella primera vez que nos entregamos nuestro amor. Mi abuelo tenía toda la razón.

FIN

1 comentario:

maria dijo...

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